La escarapela y el legado de Antonio González Balcarce, presentes en una fecha patria especial
Los colores celeste y blanco volvieron a cobrar protagonismo en escuelas, instituciones y actos oficiales de toda la Argentina con motivo del Día de la Escarapela, una de las insignias más arraigadas en el sentimiento nacional y símbolo de unión, pertenencia e identidad patria.
La conmemoración coincide además con el inicio de la Semana de Mayo, período histórico que recuerda los acontecimientos que desembocaron en la Revolución de Mayo de 1810 y en la conformación del Primer Gobierno Patrio el 25 de mayo. En aquellos días decisivos para la historia argentina, la escarapela comenzó a utilizarse como distintivo entre quienes impulsaban los ideales revolucionarios y el nacimiento de una nación libre e independiente.
En Balcarce, la fecha también invita a recordar la figura del Brigadier General Antonio González Balcarce, protagonista de las luchas por la emancipación y hombre comprometido con los ideales de libertad que marcaron los primeros años de la historia nacional. Su legado continúa vigente y representa parte del espíritu patriótico que identifica a la ciudad.
UN SÍMBOLO QUE NACIÓ EN TIEMPOS REVOLUCIONARIOS
Aunque popularmente suele considerársela un símbolo patrio, históricamente la escarapela es definida como un emblema de nacionalidad. A lo largo de los años adoptó distintas formas -como cucarda, cinta, lazo o moño- y terminó convirtiéndose en una representación profundamente incorporada a la vida cotidiana de los argentinos. La tradición indica que debe colocarse sobre el lado izquierdo del pecho o en la solapa, cerca del corazón, como expresión del sentimiento patriótico y del vínculo con la historia nacional.
Los documentos históricos sobre el origen exacto de la escarapela y sobre la elección de sus colores presentan distintas versiones y no existen registros absolutamente concluyentes. Sin embargo, el dato considerado más fidedigno remite al pedido realizado por el General Manuel Belgrano al Primer Triunvirato el 13 de febrero de 1812.
Belgrano solicitó oficialmente la creación de una escarapela nacional para uniformar al Ejército Revolucionario y diferenciar a las tropas patriotas de los enemigos. Como respuesta, el 18 de febrero de ese mismo año, el Triunvirato decretó el reconocimiento y uso de una insignia con los colores blanco y azul celeste, dejando sin efecto la roja que se utilizaba anteriormente.
Según investigaciones del Instituto Nacional Belgraniano, las primeras evidencias históricas señalan que el diseño original tenía el centro celeste y la corona blanca, aunque con el paso del tiempo el formato fue evolucionando hasta consolidarse en el modelo actual.
