Nutrición y salud edáfica: producir más y mejor empezando por el suelo
Escriben Nahuel Reussi Calvo (Raíz Científica, CONICET y Facultad de Ciencias Agrarias de Balcarce) y Nicolás
Wyngaard (CONICET - UNMdP)
La agricultura argentina logró incrementos notables de productividad durante las últimas décadas. Sin embargo, detrás de esa evolución persiste una realidad cada vez más evidente: la existencia de una importante brecha entre los rendimientos actuales y aquellos potencialmente alcanzables en condiciones de secano. Diversos estudios estiman que esa diferencia oscila entre 30 y 50%, dependiendo de la región, el ambiente y el cultivo. Parte importante de esa brecha está asociada al manejo de la fertilidad y al deterioro gradual de la salud del suelo.
Durante muchos años, la discusión sobre fertilidad estuvo centrada principalmente en cuánto fertilizante aplicar. Hoy el desafío es más amplio. La eficiencia de uso de nutrientes no depende únicamente de la dosis, sino también del estado físico, químico y biológico del suelo. En otras palabras, producir más requiere volver a mirar el suelo como un sistema integral.
LA BRECHA SILENCIOSA
Los sistemas agrícolas de la Región Pampeana atravesaron profundas transformaciones productivas. La expansión de la agricultura continua y la reducción de la frecuencia de pasturas y gramíneas en las rotaciones permitieron aumentar la producción, aunque también generaron balances negativos de nutrientes y pérdidas progresivas de materia orgánica.
En Argentina, la extracción de nutrientes en grano supera históricamente a la reposición vía fertilización. Esto produjo una disminución sostenida de la capacidad natural de los suelos para abastecer nutrientes, generando las denominadas "brechas de nutrientes": la diferencia entre lo que el cultivo necesita para alcanzar rendimientos potenciales y lo que efectivamente recibe del sistema suelo-fertilizante.
Los relevamientos actuales muestran que una proporción creciente de ambientes agrícolas presenta niveles bajos de fósforo, azufre, zinc y boro. A esto se suma la caída del contenido de materia orgánica, uno de los principales indicadores de salud edáfica. En muchos ambientes de la región pampeana los suelos agrícolas conservan apenas cerca del 50% de la materia orgánica original.
La degradación suele ser silenciosa. En muchos casos los rendimientos logran sostenerse durante años gracias a mejoras genéticas, manejo o condiciones climáticas favorables, mientras el suelo pierde lentamente capacidad de proveer nutrientes, almacenar agua y sostener procesos biológicos.
FERTILIDAD Y SALUD DEL SUELO
La fertilidad química continúa siendo un componente central de la productividad. Nutrientes como nitrógeno (N), fósforo (P), azufre (S), zinc (Zn) y boro (B) explican una proporción importante de las respuestas en rendimiento observadas en trigo, maíz y soja. Sin embargo, las respuestas a la fertilización no dependen solamente de la disponibilidad de nutrientes.
La salud del suelo condiciona la eficiencia con la cual esos nutrientes son aprovechados por el cultivo. La compactación, pérdida de estructura, erosión, baja actividad biológica y/o disminución del contenido de materia orgánica de los suelos afectan el crecimiento radical, la dinámica del agua y la capacidad del sistema para sostener altos niveles productivos.
En este contexto, pueden reconocerse distintos escenarios productivos:
-Suelos con buena salud edáfica, donde la nutrición permite maximizar rendimientos y la eficiencia de uso de nutrientes es elevada.
-Suelos con degradación intermedia, donde la fertilización ayuda a reducir brechas, aunque comienza a interactuar con limitantes físicas y biológicas.
-Suelos severamente degradados, donde la respuesta a nutrientes puede ser limitada si no se corrigen previamente problemas estructurales o de manejo.
Esto explica por qué, en muchos casos, aumentar dosis de fertilizante no alcanza para capturar todo el rendimiento potencial.
El suelo también responde al manejo
Los ensayos de larga duración realizados en diferentes regiones agrícolas muestran que las brechas de nutrientes tienden a incrementarse con los años de agricultura continua. Paralelamente, indicadores físicos como la estabilidad de agregados disminuyen progresivamente, evidenciando deterioro estructural del suelo.
Sin embargo, también existe evidencia de que los sistemas pueden recuperarse o estabilizarse mediante estrategias de manejo integradas. La nutrición balanceada, acompañada por rotaciones más intensificadas (mayor proporción del año con el suelo cubierto por cultivos vivos), mayor participación de gramíneas y mejora en el aporte de residuos, contribuye a sostener la materia orgánica y mejorar propiedades físicas del suelo.
En este sentido, fertilizar no solo impacta sobre el rendimiento inmediato. Cuando las dosis son agronómicamente adecuadas, también aumentan la producción de biomasa y el aporte de carbono al sistema, favoreciendo procesos asociados a la salud edáfica.
Medir para decidir mejor
Uno de los principales problemas actuales es que todavía se toman muchas decisiones sin información suficiente. En Argentina, el porcentaje de productores que realiza análisis de suelo continúa siendo bajo (20-30%), mientras que el uso de herramientas de ambientación y manejo sitio-específico sigue siendo limitado. Sin diagnóstico no existe manejo eficiente. La variabilidad entre ambientes, lotes e incluso sectores dentro de un mismo lote hace imprescindible mejorar la calidad de información para ajustar decisiones de fertilización y manejo.
Hoy disponemos de herramientas para avanzar hacia sistemas más precisos:
-Análisis de suelo
-Caracterización de ambientes
-Balances de nutriente
-Mapas de rendimiento
-Sensores
-Imágenes
-Monitoreo nutricional
-Plataformas digitales de integración de datos.
La fertilidad moderna requiere combinar conocimiento agronómico con capacidad de medición e interpretación.
PRODUCIR MAS, EMPEZANDO POR EL SUELO
Reducir las brechas de rendimiento implica mucho más que aplicar mayores dosis de nutrientes. Significa comprender que la productividad depende de la interacción entre nutrición, manejo y salud del suelo. La fertilidad química, física y biológica forman parte de un mismo sistema. Cuando una de esas dimensiones se deteriora, la eficiencia global disminuye.
En un contexto de alta presión productiva y creciente necesidad de eficiencia, el suelo vuelve a ocupar un lugar central en la toma de decisiones. La construcción de sistemas sustentables exige pasar de una lógica extractiva a una estrategia de reposición, diagnóstico y manejo integral.
Porque, en definitiva, producir más y mejor sigue empezando por el suelo.
