Entre semáforos y sueños, el artista callejero que eligió ser feliz
Hay historias que no empiezan con un plan, sino con una chispa. Un encuentro casual, una invitación inesperada, una sensación difícil de explicar. En el caso de Rodrigo Cunqueiro, artista callejero de nuestra ciudad, todo cambió el día que alguien lo llevó a un semáforo.
Hasta entonces, su vida transitaba por caminos más convencionales: trabajos en florería, frigorífico, ventas. Oficios que cumplía, pero que no lo llenaban. "La realidad es que no era lo que me gustaba, era infeliz", cuenta en diálogo con El Diario, con una honestidad que atraviesa toda su historia.
Sabía que lo suyo estaba ligado al cuerpo, al movimiento, al deporte. Pero sentía que ya era tarde. "Pensaba que el tren había pasado", admite. Hasta que apareció ese malabarista que le cambió el rumbo.
"Me invitó al semáforo a compartir el día con él y me incentivó a hacer lo poco que sabía. Fue un viaje de ida. Volví a mi casa y era el más feliz del mundo. Ahí dije: a este tren no lo voy a dejar pasar. Voy a intentar ser el mejor del mundo en esto". Y no dudó. Dejó todo.
LA DISCIPLINA DETRÁS DEL SEMÁFORO
Hoy, lejos de la improvisación que muchos imaginan, la vida de Rodrigo está marcada por una rutina exigente. Porque detrás de cada minuto en el semáforo hay horas de preparación.
"Me levanto temprano porque tengo dos hijos de 2 y 4 años. A las 7:30 ya arranca todo en casa", relata. Entre mates, desayuno simple y la dinámica familiar, encuentra el momento para entrenar. Estira al mediodía, descansa lo justo y luego dedica cerca de cuatro horas a perfeccionar su técnica.
Ese entrenamiento puede darse en distintos escenarios: el semáforo, un evento o un espacio abierto. Pero siempre con el mismo objetivo: mejorar. "Esto es práctica pura. Si no entrenás, sonaste", resume. Y en esa frase hay una definición clara de su oficio: el arte callejero no es azar, es constancia.
LO QUE NO SE VE
Desde afuera, el espectáculo es atractivo. Pelotas en el aire, coordinación, destreza. Pero hay otra cara, menos visible, que Rodrigo se encarga de contar. "Este trabajo está desvalorizado porque no se imaginan el tiempo que lleva mostrar un espectáculo. Es preparación física y mental, bastante exigente", explica.
El desgaste es real y el cuerpo siempre está al límite. Y a eso se le suma el prejuicio. "En la semana somos unos vagos para algunos. Aparece la famosa frase 'andá a agarrar la pala'", dice, sin perder la calma.
Pese a alguna voz negativa, elige reivindicar lo que hace. "No me imagino un mundo sin arte. ¿Te imaginás un mundo sin música?", plantea, invitando a mirar más allá de lo evidente. Los fines de semana, reconoce, el panorama cambia. La gente se detiene más, valora el espectáculo, busca distraerse. Pero el camino sigue siendo cuesta arriba.
ESCENARIOS, VIAJES Y CUENTAS PENDIENTES
A lo largo de su carrera, Rodrigo logró algo que pocos artistas callejeros consiguen: trascender la esquina. Participó en eventos privados, programas de televisión, espectáculos internacionales. Viajó, mostró su talento y dejó su marca. Cada experiencia, asegura, fue una construcción.
"Me fueron dejando aprendizaje, crecimiento. Te hacen ver que estás para más", señala. Pero también hubo oportunidades que no prosperaron. Propuestas que ilusionaron y no se concretaron. Caminos que parecían despegar y quedaron truncos.
Aun así, hay un sueño que permanece intacto. "Me encantaría presentar en algún partido de la Selección Argentina. Cuando escucho el Himno y todo lo que genera, me parece lo máximo. Me gustaría ser parte de eso desde adentro, haciendo lo mío". No es un objetivo menor. Es, en definitiva, el símbolo de haber llegado.
ENTRE LA PASIÓN Y LA NECESIDAD
Como muchos trabajadores del arte, Rodrigo convive con la incertidumbre económica. Durante años encontró cierta estabilidad en el Casino, donde tenía un contrato que le permitía proyectar.
Pero el contexto cambió. "Con los casinos virtuales bajó mucho el flujo de gente y redujeron el personal", explica. Y con eso, también se achicaron las oportunidades.
Hoy, su objetivo es claro: conseguir un contrato que le brinde seguridad, sin resignar su esencia. "Eso me daba tranquilidad. Saber que si aparecía algo importante, podía hacerlo y seguir creciendo", recuerda. Mientras tanto, el semáforo sigue siendo su base. Su escenario cotidiano. El lugar donde todo empezó y al que siempre vuelve.
EL RECONOCIMIENTO Y LA GENTE
En los últimos tiempos, las redes sociales jugaron un papel clave. Sus videos comenzaron a circular, su nombre a sonar, su talento a multiplicarse en pantallas. Pero para Rodrigo, el reconocimiento más importante sigue estando en la calle.
"Soy muy agradecido a la gente. Cuando era muy malo, la mayoría me alentó. Y no me olvido nunca de eso", dice. Hay algo profundamente humano en ese aplauso espontáneo, en la mirada que se detiene aunque sea por un minuto. Porque, en definitiva, su arte vive de ese encuentro.
EL FUTURO
Rodrigo habla desde una convicción que se repite en cada respuesta. "Soy muy positivo. Creo que todo pasa por algo y que cuando algo se cae, vienen cosas mejores".
Esa idea lo sostiene, lo empuja, lo mantiene en movimiento. Mientras tanto, sigue entrenando, actuando, soñando. En una esquina de cualquier ciudad, con cinco pelotas en el aire y la ilusión intacta. Porque aquel día en que decidió no dejar pasar el tren, no solo cambió su vida. También empezó a escribir una historia que, como su arte, no deja de crecer.
