María Reina de la Paz, la capilla que nació del corazón de un pueblo
En el corazón rural de Ramos Otero, donde las distancias son largas y la vida transcurre al ritmo del campo, hay un lugar que guarda historias de fe profunda, trabajo silencioso y comunidad unida. La capilla María Reina de la Paz, construida en 1976, no nació de un proyecto oficial ni de grandes recursos, sino del deseo genuino de un pueblo por volver a reunirse para celebrar su fe. Hoy, a 50 años de su construcción, ese templo sigue en pie como testimonio vivo de una historia compartida.
Durante varias décadas, en la estancia La Emilia dejaron de realizarse actos religiosos. Aquella ausencia fue calando hondo entre los pobladores, que sentían la necesidad de reencontrarse espiritualmente, de rezar juntos, de compartir celebraciones que eran parte de su identidad. De ese anhelo colectivo surgió la idea de tener un templo propio, un espacio sencillo pero propio, donde la fe pudiera volver a expresarse en comunidad. Por tal motivo, El Diario entrevistó a Sara Atela, profundamente ligada a la historia y a la vida de la capilla.
UN TERRENO DONADO Y UNA OBRA HECHA A PULMÓN
El sueño comenzó a tomar forma cuando la familia Atela donó el terreno donde hoy se levanta la capilla, en pleno centro de Ramos Otero. Fue Dela Maques de Atela quien tomó la decisión de ofrecer parte de su tierra para que allí se construyera el templo, gesto que marcó para siempre la historia del lugar y que permitió que, en 1976, la capilla María Reina de la Paz se convirtiera en una realidad.
"Mi mamá donó el terreno de ella para construir la capilla. Nosotros vivíamos a 18 kilómetros, pertenecemos a Ayacucho, pero siempre estuvimos ligados a Ramos Otero", recuerda Sara Atela, profundamente vinculada a la vida de la iglesia. "Creo mucho y hoy doy todo por el prójimo, siempre fue así", dice, resumiendo una forma de vivir la fe que atraviesa generaciones.
La construcción de la capilla fue una verdadera obra colectiva. Junto al padre Germán Lips, Dela trabajó codo a codo para que el proyecto avanzara. No era sencillo: Balcarce estaba a unos 70 kilómetros y había que organizar albañiles, plomeros, techistas, materiales y traslados. Nada se hacía sin esfuerzo y todo se sostenía en la voluntad y el compromiso de la comunidad.
Había un grupo de mujeres que acompañaba activamente, con el respaldo de sus esposos. Ayacucho y Balcarce se unieron en un mismo objetivo. "Siempre hubo diversidad, pero cuando se trataba de la capilla estábamos todos unidos. Salías a vender una rifa y la vendías. Pedíamos cosas para colaborar y la gente siempre respondía", cuenta Sara.
FIESTAS, RIFAS Y UNA SOLIDARIDAD QUE NO SE OLVIDÓ
Para reunir fondos se organizaban fiestas populares, jineteadas, almuerzos y ventas de comida. En la tradicional Fiesta del Ternero, familias colaboraban alquilando predios y se vendían empanadas, chorizos y todo lo que ayudara a juntar dinero. "Hemos llegado a vender hasta cinco vacas en una fiesta. Todo eso gracias a la colaboración de mucha gente de Ayacucho, Ramos Otero y Balcarce", recuerda Sara.
En aquellos años, el actual párroco Pablo Etchepareborda era seminarista y formaba parte de los grupos que iban a misionar a Ramos Otero. También acompañaron la vida religiosa del lugar otros sacerdotes muy queridos por la comunidad, como el padre Antonio Ribar, el padre Cosito y el padre Julio Melucci, quienes oficiaron distintas celebraciones a lo largo del tiempo.
Mientras la capilla no contaba con un espacio propio, el Club Alianza y la escuela local cumplieron un rol fundamental. La directora de la Escuela N° 47, Marta Laje, abría las puertas para que allí se celebraran misas, vía crucis y encuentros religiosos. Fue el padre Cosito quien comenzó a venir con regularidad y luego se sumó el padre Germán, consolidando la vida pastoral de la comunidad.
UNA CAPILLA SENCILLA, CARGADA DE MEMORIA
La capilla María Reina de la Paz se caracteriza por su sobriedad y sencillez, reflejo del espíritu con el que fue construida hace medio siglo. En su interior se conservan elementos pertenecientes a la antigua capilla de la estancia La Emilia, lo que mantiene vivo el recuerdo de aquel primer templo. Incluso las campanas son las mismas y continúan resonando con la misma fuerza desde la torre actual.
Entre sus paredes se celebraron misas, bautismos, comuniones y casamientos, acompañando a generaciones enteras desde 1976 hasta hoy. Allí se compartieron alegrías, promesas y momentos decisivos en la vida de muchas familias. También quedaron grabadas en la memoria colectiva las procesiones encabezadas por la imagen de la Virgen María Reina de la Paz, acompañada por los fieles en ceremonias cargadas de emoción.
UN LEGADO QUE SIGUE VIVO, A 50 AÑOS
Dela Maques de Atela fue, hasta sus últimos días, una mujer profundamente servidora. Trabajó en Cáritas Ayacucho, manejaba su propio auto para llevar cajas de alimentos a familias necesitadas y fue ministra extraordinaria de la Eucaristía, visitando enfermos y acompañando a quienes más lo necesitaban. Siempre contó con el apoyo de su esposo, Rubén Atela, ambos profundamente católicos y solidarios.
Hoy, a 50 años de su construcción, la comunidad de Ramos Otero recuerda con gratitud a todas las personas que hicieron posible la capilla María Reina de la Paz.
Más que un edificio, es un símbolo de fe compartida, de unión en la diversidad y de una historia construida entre muchos. Un lugar donde el pasado sigue presente y donde la memoria colectiva late, cada vez que suenan las campanas.
