El sueño que esperó toda una vida para despegar
Después de dedicar gran parte de su vida al trabajo y a la crianza de sus hijos, decidió recuperar una pasión que la acompañaba desde la infancia. En una entrevista con El Diario, Marta Tola contó cómo, a los 61 años, comenzó a estudiar para ser piloto de avión, encontró en el Aero Club Balcarce una segunda casa y descubrió que nunca es tarde para perseguir aquello que quedó pendiente.
La primera vez que pensó seriamente en volar todavía faltaban décadas para que ese deseo pudiera concretarse. La vida tenía otros planes. Había que trabajar, formar una familia, criar hijos, cumplir responsabilidades y resolver las obligaciones de cada día. Sin embargo, aquella fascinación por los aviones nunca desapareció. Permaneció en algún rincón de su memoria, silenciosa pero intacta, esperando el momento indicado para volver a aparecer. Ese momento llegó después de la jubilación, cuando decidió que era tiempo de dejar de postergar aquello que siempre había querido hacer.
Hoy, con 61 años, Marta acumula horas de vuelo en el Aero Club Balcarce y avanza en su formación para obtener la licencia de piloto privado. Lo cuenta con la misma naturalidad con la que habla de cualquier otra actividad cotidiana, aunque su historia tiene un detalle que la vuelve todavía más singular: durante gran parte de su vida convivió con el vértigo y el miedo a las alturas. "Mis hijas me decían que cómo iba a volar si tenía vértigo", recuerda entre risas. Lo sorprendente fue descubrir que una vez arriba del avión ese temor desaparecía por completo.
La relación de Marta con la aviación se remonta a la infancia. Aunque desde hace muchos años reside en Mar del Plata, conserva un fuerte vínculo con Balcarce y especialmente con la zona rural donde pasó parte de sus primeros años. Entre los recuerdos de aquella etapa aparece el Aero Club. Su padre trabajaba cerca del predio y ella solía acompañarlo. Aquellas imágenes de aviones, pistas y hangares quedaron grabadas para siempre. Más tarde llegaron los estudios, el trabajo y una larga etapa dedicada a la familia, pero cada vez que regresaba a Balcarce repetía una especie de ritual. Pasaba por el Aero Club, recorría el lugar unos minutos y seguía camino. "Siempre decía que algún día iba a venir a volar", cuenta.
EL MOMENTO DE CUMPLIR UNA DEUDA PENDIENTE
La decisión definitiva llegó el año pasado. Primero realizó vuelos de bautismo para comprobar qué sensaciones le generaba estar en el aire. Quería enfrentar ese viejo temor y descubrir si realmente podía convivir con él. La experiencia fue reveladora. No sólo no sintió vértigo, sino que encontró algo que la hizo sentirse completamente cómoda. "Probé un vuelo, después otro y ahí me convencí de que esto era lo que quería hacer", recuerda.
A partir de ese momento comenzó el proceso para ingresar formalmente al mundo de la aviación. Se realizó estudios médicos, completó el exigente psicofísico aeronáutico y empezó a tomar clases. Lejos de sentirse intimidada por la cantidad de conocimientos que exige la actividad, encontró un desafío que la entusiasma cada día más. Meteorología, comunicaciones, navegación, instrumentos de vuelo y procedimientos pasaron a formar parte de una rutina completamente nueva.
Para Marta, aprender a volar implica mucho más que manejar un avión. "Hay una responsabilidad enorme. Arriba no es como un auto que si algo pasa frenás al costado. Tenés que saber qué hacer, cómo reaccionar y cómo llevar el avión a un lugar seguro", explica. Por eso habla con admiración de la preparación que requiere la actividad y del aprendizaje constante que demanda.
UNA SEGUNDA CASA EN BALCARCE
Con el paso de los meses, el Aero Club Balcarce se convirtió en mucho más que una escuela de vuelo. Se transformó en un lugar de pertenencia. Allí encontró amigos, proyectos y una comunidad de personas unidas por la misma pasión. Quienes frecuentan la institución destacan su participación permanente en distintas actividades y su predisposición para colaborar en todo lo que haga falta.
Ella misma reconoce que disfruta especialmente de ese rol. Le gusta organizar encuentros, recibir visitantes y acercar el Aero Club a quienes nunca tuvieron contacto con el mundo de la aviación. En ese sentido, menciona con entusiasmo las visitas de jardines de infantes y escuelas que se realizan periódicamente. Considera que existe mucho desconocimiento alrededor de la actividad y que muchas personas descartan la posibilidad de acercarse por prejuicios o por creer que se trata de algo inaccesible.
"Hay gente que piensa que no es para ellos, que es algo imposible o que hay que tener determinadas condiciones. Yo creo que es para cualquiera que tenga ganas de hacerlo", sostiene. Su propia experiencia parece darle la razón. Después de todo, comenzó a estudiar para piloto cuando muchos creen que ya es tarde para empezar proyectos nuevos.
EL REFUGIO DONDE ENCONTRÓ TRANQUILIDAD
La historia de Marta también está atravesada por otro espacio que ocupa un lugar central en su presente. Muy cerca del Aero Club recuperó un antiguo rancho que transformó completamente y convirtió en su refugio personal. Allí pasa gran parte de su tiempo libre cuando llega a Balcarce.
La construcción, que en otro momento se encontraba muy deteriorada, fue reacondicionada casi por completo gracias a su esfuerzo y dedicación. El lugar refleja buena parte de su personalidad: plantas, luces, objetos decorativos y una ambientación inspirada en los elementos de la naturaleza forman parte de un espacio pensado para desconectarse del ritmo cotidiano.
"Me gusta mucho la tranquilidad", afirma. Y la frase aparece una y otra vez durante la conversación. Le gusta caminar por el campo, leer, meditar y disfrutar del silencio. Durante mucho tiempo ni siquiera tuvo conexión a internet en el lugar. Fueron sus propios hijos quienes insistieron en que incorporara algún sistema para mantenerse comunicada cuando pasaba varios días allí.
Ese contacto con la naturaleza también encuentra un punto de conexión con la aviación. Marta habla de sentirse cerca del aire y de la tierra al mismo tiempo. Disfruta caminar por las pistas del Aero Club tanto como despegar y observar el paisaje desde arriba. Son dos formas distintas de conectarse con un mismo lugar.
UN OBJETIVO QUE MIRA HACIA EL FUTURO
Aunque todavía continúa su formación, Marta ya tiene una meta perfectamente definida. Una de sus hijas vive en México y sueña con viajar algún día hasta allí pilotando su propio avión. Habla de ese proyecto con la convicción de quien ya comenzó a construir el camino para alcanzarlo. Conoce las horas de vuelo que deberá sumar, la experiencia que necesita adquirir y las habilitaciones que deberá obtener, pero eso no parece preocuparla demasiado.
Lo importante es que tiene un objetivo. Y quizás allí se encuentre una de las enseñanzas más valiosas que deja su historia.
Porque lejos de vivir la jubilación como una etapa de cierre, Marta la convirtió en un nuevo comienzo. Después de dedicar años a la familia, al trabajo y a las obligaciones cotidianas, decidió recuperar una deuda pendiente consigo misma. "Hoy hago lo que me gusta y lo que me apasiona", resume.
Mientras habla de aviones, de proyectos y de futuros viajes, resulta evidente que su historia trasciende la aviación. En realidad habla de algo mucho más universal: la posibilidad de volver a empezar.
"Encontré lo que me faltaba", dice casi sobre el final de la charla. Y quizá esa sea la mejor manera de explicar por qué, después de esperar toda una vida, finalmente decidió despegar.
